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Esta mañana he subido al granero. Unos rayos de sol hacían que no pareciera tan oscuro, he ido a revolver los trastos viejos de mis abuelos y he encontrado la antigua cuna de mi padre en un rincón, azul y blanca con unos muñequitos de colores en el cabezal y los pies. Me parece de cuento que mi padre hubiera sido un bebé que dormía aquí.
Un mueble más alto tapado con una polvorienta sábana, está al lado de las arcas repletas de ollas de barro y porcelana que se usaban para hacer el matapuerco y la conserva. Es la antigua máquina de coser de mi abuela. Me encanta subir a mirarla, tiene pintadas pequeñas hojitas doradas que resaltan sobre el hierro negro de la máquina y también unas letras de la marca. Qué máquinas más curiosas tenían antes ¿verdad? También la antigua aventadora de mi abuelo Pedro, descansa ahora en la era y ve pasar el trigo cargado ya en los remolques de los grandes tractores.
Miro por la ventana y veo la plaza, vacía ya a estas horas que se ha ido la furgoneta de Joaquín, el panadero. La artesa, el cocio, las jarras, me recuerdan pequeñas historias que, juntándolas, hacen que me haga una idea de cómo las mujeres de antes eran una pequeña fábrica de recursos y que aún tenían tiempo de ir a los lavaderos, al río, a por agua y a Misa los domingos.
Los graneros están llenos de historias, otro día os cuento alguna.





